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lunes, 12 de mayo de 2008

Un tipo de fierro

Siempre le había costado relacionarse con el sexo opuesto. Y no porque fuera de esos tipos patológicamente tímidos que se paralizan cuando otra persona se les aproxima aunque más no sea para pedirle la hora. No. El Flaco era una persona desenvuelta. De esos que van a una reunión en la que no conocen a nadie y no tardan en socializar, en mezclarse con la gente, en participar de las conversaciones aunque más no sea con algún comentario trivial, pasajero pero oportuno. Porque El Flaco tampoco era de esos que llegan a un lugar y se adueñan de la atención de todos los presentes. Creo que ese era su mayor mérito. Un tipo divertido pero no agobiante, de esos que buscan constantemente la aprobación del otro. Una persona segura de sí misma más bien. Un observador milimétrico que siempre tenía a mano el comentario justo, una salida ocurrente o el silencio cuando la situación así lo requería. Porque ésa era una de sus máximas virtudes. Saber callarse. No sólo escoger el momento adecuado para hacerlo sino su duración. Porque entre un silencio comprensivo y otro incómodo a veces existen milésimas de segundo de diferencia.
Además con el Flaco se podía hablar de todo. Era un tipo informado, muy leído como decía mi abuela. Tenía una opinión formada acerca de todos los tópicos imaginables tantos los trascendentales como los cotidianos. Sabía de política, de cine y de literatura como de fútbol o cuál era la última pareja de la farándula que se había formado. Y manejaba una cantidad indecente de datos. Fer siempre insistía con que se anotara en uno de esos concursos de preguntas y respuestas estilo “Odol pregunta” que hoy en día están muy de moda. Pero imagínense lo que sería el Flaco ante una cámara sabiendo la cantidad de gente que mira esos programas. Un miedo escénico inmanejable.
Con nosotros no era así, se soltaba. Nunca monopolizaba la palabra en una reunión como podían hacerlo Nico o Javi pero siempre sus acotaciones era bien recibidas. Es más, me animaría a decir que era uno de los tipos más escuchados del grupo. Pero todos esos atributos se evaporaban cuando se enfrentaba cara a cara con una mujer. Se desplomaba, se atontaba, se encerraba en sí mismo y no era capaz de hilvanar una conversación digna por más de cinco minutos. No digo interesante, no me refiero a un diálogo que le rompiera la cabeza a su interlocutora y la enamorara al instante. No, no podía siquiera hablar de las cosas circunstanciales más básicas, de las pavadas que uno habla cuando no conoce en profundidad a la otra persona. El Flaco se aturdía, quedaba inmovilizado, sin reacción. Completamente anulado. Una lástima porque si bien el Flaco no era un tipo fachero era físicamente bien catalogado por el sexo opuesto. Cuando íbamos a alguna fiesta o conocíamos un grupo de mujeres nunca faltaba por la que se interesaba por él. Medía más de un metro ochenta, morocho, ojos verdes, fibroso, correcto y atildado. No tenía la facha de Nico pero nos aventajaba a muchos en ese ítem. Nunca lo ibas a ver con barba de una semana, despeinado o con la ropa arrugada. Pero claro, las minas lo veían interactuar y perdían todo tipo de interés. Siempre callado con esa cara de “qué mal la estoy pasando” o “estoy esperando el momento para irme”. Nosotros sabíamos cómo era, pero para alguien que no lo conocía sus actitudes o posturas era repelentes. Porque Seba, por ejemplo, era un tipo tímido pero en el boliche se encaraba hasta a las que laburaban en el guardarropa, era un tiroteador empedernido, hasta que no agarraba algo no paraba.
Aunque el Flaco minimizaba su problema, el tema era una preocupación en el grupo y en cada reunión en la que el Flaco no estaba solíamos plantearlo. El Loco lo había hablado más de una vez con él pero si bien era plenamente consciente de la situación, el Flaco solía evadirlo o corría el eje de la discusión con facilidad. Porque hasta para eso era hábil el Flaco. Te manejaba los hilos de la conversación y te llevaba para el lado que más le convenía. Eso sí, era un tipo que evitaba los roces o las discusiones pero cuando participaba en una era un sólido argumentador y te hablaba en un tono que más allá de lo que te dijera te hacía creer que era la persona que más sabía de ese tema en el mundo. De ahí el desconcierto que la situación nos generaba. Fer, como todo adicto a la terapia, insistía en sacarle una cita con un psicólogo porque estaba convencido que el problema del Flaco se debía a que en su niñez había experimentado alguna experiencia traumática. Quizás había hecho el ridículo delante de sus compañeritas de jardín o en los primeros años de la primaria e inconscientemente ese recuerdo le provocaba la trabazón pero que con trabajarlo en las sesiones se podía superar. Lo cierto era que el Flaco desconfiaba de los psicólogos y perdonen si soy insistente, pero en los demás aspectos de su vida era una persona muy segura y decidida.
De ahí nuestro desconcierto. Cómo podía ser que un tipo sensato, medido y con facilidad de palabra podía convertirse en ese concierto de desatinos que era el Flaco a la hora de chamuyarse una mina. Nunca le habíamos conocido novia alguna aunque el nos contaba de sus flirteos con alguna compañera del laburo. Porque al Flaco le iba bárbaro como vendedor, hacía tres años que había ingresado en una empresa de cosméticos y en ese lapso ya había conseguido cuatro ascensos. Gustavo, que trabajaba con él y a veces salía con nosotros, lo tenía ahí arriba al Flaco. Decía que no había mujer que pudiera neutralizar las habilidades de vendedor del Flaco. Porque ahora es el contacto de la empresa con las grandes cadenas de supermercado y vende al por mayor pero durante los primeros meses recorrió todas las perfumerías de barrio. Un día, entre copas, el Flaco nos confesó haberle vendido un producto para el fortalecimiento capilar a una señora que había quedado calva definitivamente después de una operación y usaba peluca. Según Gustavo, el Flaco le Había pintado tan bien el producto a la mujer que no encontró excusas para decirle que no y le compró dos pomos. Por eso no nos entraba en la cabeza su trabazón. Su desenvoltura con el sexo opuesto se evaporaba cuando empezaba a notar chances ciertas de que algo pasara, de tener algún tipo de intimidad. Nos daba impotencia no poder ayudarlo porque el Flaco era un tipo de fierro, esos que siempre están en primera fila cuando necesitás algo y si bien en varios aspectos de su vida el Flaco era exitoso, ésa falta de tacto con el sexo opuesto hacía su vida incompleta.
Por eso debo admitir el shock que me provocó la carta de Nati. Me decía que habían sido los mejores cuatro años de su vida pero que ya no me amaba. Que era su obligación moral decírmelo y alejarse antes que cometiéramos el error de casarnos. Que nos merecíamos ser felices. Que en los últimos tiempos se había empezado a sentir algo asfixiada, que le faltaba contención, alguien que la comprendiera y aseguraba haberme dado señales que no supe interpretar. También revelaba haber conocido a alguien que le había despertado cosas en su interior que ni siquiera había sospechado tener, que la escuchaba y que la hacía sentir una mujer plena. Que no era nada en mi contra y no me guardaba ningún rencor pero que su intuición le dictaba vivir esa historia de amor. La verdad que nunca había sospechado de ella. Es probable que a veces la notara algo lejana, tal vez taciturna pero nos conocíamos tanto que hasta sabíamos interpretar los silencios del otro. A los pocos días de haber leído la carta y al ver que mi estado de ánimo se arrastraba por el piso mi hermana se acercó a hablarme. Además de mi hermana menor, Julia era mi amiga y confidente y cuando alguno estaba bajoneado por algún asunto del corazón solíamos prestarnos los oídos. Fue entonces cuando entró a mi habitación y me contó todo. Me dijo que ella sabía que Nati me iba a dejar por el Flaco. Que alrededor de dos semanas atrás la había escuchado hablando a escondidas desde el celular. Que decía frases como “es el momento”, “tenemos que ser fuertes” y “es mejor así”. Después me relató cómo sin que se diera cuenta le revisó el registro de llamadas del teléfono y ahí reconoció el número del Flaco. Me quedé duro, sin reacción. Nunca me hubiese esperado tamaña traición.
Tenía una mezcla de angustia con bronca, de tristeza con indignación. Entre sollozos me dijo sentirse culpable, que la perdonara, que no había sabido manejar la situación y que lo único que quería era verme bien. Pocas veces la noté tan acongojada a mi hermana como esa noche. Le dije que se tranquilizara, que quizás Nati se arrepentía y volvía pidiéndome perdón, buscaba autoconvencerme que el Flaco no había sido partícipe de tal artero plan pero lo cierto es que las pruebas eran contundentes. Desconcertado, sólo atiné a calmar a mi hermana que a esa altura era sólo llanto y desconsuelo. Cuando logré apaciguarla siguió con las revelaciones. Me dijo que no estaba así por mí sino por ella. Y ahí me recibí otro mazazo directo al mentón. Me confesó que venía manteniendo un romance oculto con el Flaco desde hacía siete meses, que lo amaba, que sentía que era el hombre de su vida, que se habían prometido amor eterno y que estaban próximos a blanquear la situación. Que de movida no me lo habían dicho porque pensaban que me iba enojar, que nunca iba a aprobar esa relación, que los dos me consideraban una persona importante en sus vidas y como no querían perderme estaban esperando el momento correcto para enfrentarme.
Fue un golpe duro, me costó salir. Hoy lo recuerdo y siento cimbronazos. A la distancia pienso que fue lo mejor. Nati no era la persona que necesitaba y a pesar de que estuvimos a meses de casarnos nunca pude imaginármela como la madre de mis hijos. Siempre me preguntaba cómo sería pasar el resto de mi vida con ella. De qué hablaríamos los domingos a la mañana, cómo envejeceríamos o cómo sería el sexo después de veinte años de casado. Es más, ahora que lo pienso ella era la mujer perfecta para el Flaco. Una tipa tímida, por demás seria, inteligente pero poco carismática y con un nivel de frialdad necesario como para decirte con la misma gestualidad “habría que comprar más perchas” o “sos el hombre de mi vida”. A los dos años supimos que se habían casado en España y estaban esperando un hijo. Ella estaba trabajando en el restaurant de unos amigos y a él lo habían ubicado en la casa central de la empresa para la que trabajaba. Los muchachos volvieron a ver al Flaco cuando pasó lo del padre. Vino sólo, estuvo unos días y se fue sin hablar del tema. El Loco, con mucho tino, decidió que no era el momento de hablarlo.
Dicen que el tiempo acomoda las cosas. El distanciamiento que provoca el paso de los años nos da un mejor panorama para analizar lo que pasó. Y la verdad es que librado de los impulsos pasionales, con la ira masticada y la mirada libre de distorsiones tengo que admitir que me alegró lo del Flaco. Siempre quise lo mejor para él y si para conseguirlo necesitó hacer las cosas que hizo… allá él. Su conciencia tiene la palabra. Por mi parte, luego de años de batalla, pude dejar atrás los antidepresivos y desde hace once años y tres meses dejé de evadir mi realidad con sustancias prohibidas. Me siento un hombre limpio y pleno. Los años de terapia y los distintos grupos de autoayuda que frecuenté me enseñaron a hacer a un lado al rencor y mirar hacia adelante. Y creo que lo superé, pude sobrepasar ese dolor y hoy en día puedo decir con orgullo la alegría que me provoca que dos personas que fueron parte importante de mi vida hayan encontrado la felicidad. Sin embargo, siempre habrá una imagen que dará vueltas en mi cabeza, que no hay diván ni libro de Bucay que me la haya borrado y me atormentará hasta el final de mis días. Nunca me olvidaré de aquella tarde en la que había quedado con el Flaco que me pasara a buscar por casa antes de ir al cumpleaños de Toti. No me acuerdo porqué motivo me demoré en la Facultad y cuando entré vi al Flaco hablando con mi mamá en el sillón del living. En su momento no le di importancia después de todo con el Flaco nos conocíamos desde jardín y con los años había adquirido un cierto nivel de confianza con toda mi familia. Pero es verdad eso que dicen que el tiempo nos permite mirar con más claridad el pasado. Tan cierto como que ese fue el único día en mi vida que vi al Flaco con la camisa algo arrugada y ligeramente por fuera del pantalón.

by Aleeeeeti

jueves, 6 de marzo de 2008

Una lección de vida


Ante la falta de inspiración y la presión ejercida por Jimmy Jazz para renovar el blog no me quedó otra que recurrir a mi escritor favorito, Roberto Fontanarrosa. Sería pretencioso decir que lo hago a modo de homenaje, simplemente encontré este artículo que son declaraciones extraídas de una charla que dio El Negro en la Feria del Libro de Rosario. Acá se las dejo, prometo renovar próximamente aunque las grandes potencias no me levanten el bloqueo.

Los libros:
“Hay un tema que yo he dicho en muchos casos y que puede sonar provocativo en una feria del libro, pero les voy a explicar desde mi punto de vista cómo yo elijo un libro. Ustedes lo toman como quieran, pero yo les voy a decir qué condiciones tiene que tener un libro para que yo lo elija.”“Primero y principal no tiene que ser un libro gordo. Un libro gordo me parece un abuso de confianza del autor hacia mi tiempo. Es como si aparece alguien y me dice: ‘Quisiera hablar con vos, tenés dos semanas libres...’. ¿Cuál es el lazo de confianza que me une a ese escritor para que durante dos meses yo me vaya a la cama con él y su libro?”“Segundo, y lo va a comprender la gente que ya tiene cierta edad, y no es por la madurez: tiene que tener letra grande. Hay escritores que escribían con letra muy chiquita, y ya a esta altura del campeonato ese esfuerzo es excesivo.”“Otra cosa: tiene que tener espacios en blanco. Si abro un libro y veo un masacote negro, como si fuera un amontonamiento de hormigas, yo digo: ‘¿Por dónde entro al texto?’.”“Otra alternativa: fíjense en capítulos cortos. Ustedes mismos se van a dar cuenta de la sabiduría del cuerpo humano: usted está leyendo un libro y de repente observa que sin darse cuenta su mano derecha va buscando las páginas hasta llegar a un capítulo.”“Otra cosa que me interesa también es que tenga diálogos, porque a mí me gusta escuchar a los protagonistas. Antes pasaba en algunos diarios, porque ahora el género del reportaje es mucho más fluido, que hacían un reportaje y decían: ‘Estuvimos en la casa del afamado escultor fulano de tal, y nos dijo que está pensando en hacer una escultura que representa a un caballo comiendo una codorniz’.”“Yo digo: dejalo hablar al escritor, qué te metés en el medio. A mí con los libros me pasa eso. Y si están bien escritos mejor, pero siempre préstenle atención a esas consideraciones.”


Los estudios:
“Yo desde mi ignorancia me hago una pregunta: ¿por qué los chicos se tienen que levantar tan temprano para ir a la escuela? Gardel se levantaba a las ocho de la noche. Y fue Gardel. (...) Les voy a contar que estuve en Córdoba, donde me dieron el Doctor Honoris Causa, lo que indica lo mal que está la educación argentina. Imagino la desolación de los estudiantes que estudian ocho horas diarias y ven que a un tipo como yo le dan el Doctor Honoris Causa. Yo no terminé el tercer año de la escuela secundaria. Y no levanto como bandera el ser un ‘salvaje ilustrado’; digo que no terminé la escuela porque desde el comienzo sostuve una batalla desigual contra las matemáticas. Desigual por la simple condición de superioridad numérica de ellas. Los números son millones, y yo era uno solo. Yo fui a lo que era el Politécnico y me acuerdo de aquellas épocas de estudiantes, con todas las expectativas..., ¡qué horrible que era eso! Para mí era un espanto, similar a lo que me ocurrió no hace mucho, que tuve que hacer una dieta ayurveda de vegetales.”



La lectura:
“Siempre he ligado la lectura con el placer. Siempre he sido un lector vago. Y repito otra consideración que pasará al mármol: creo que casi todos los grandes logros y avances de la civilización se debieron a la vagancia. O sea, el tipo que inventó la rueda es porque no quería caminar más. Y después de la rueda, el otro invento maravilloso, que ha hecho dar un salto cualitativo y cuantitativo a la humanidad, es el cambiador del televisor. Volviendo a la literatura, no entiendo el esfuerzo por leer, cuando uno se encuentra con tantos libros que los empieza y no los puede dejar, se siente atrapado por los libros, quiere terminarlos y está feliz mientras los lee.”

Los nuevos medios de comunicación:
“Con los mensajes de texto estamos muy susceptibles. Yo me acuerdo de los telegramas. A nadie se le ocurrió decir que ese invento estaba arruinando el lenguaje. Está la gente que dice enfadada que no le gustan los shoppings. Y, no vayas querido, cuál es el problema. Si no, es muy fácil pegarle a la televisión, que a mi juicio es un invento maravilloso. Y repito, si solamente hubiera sido creado para transmitir fútbol ya estaría largamente justificado. Ahora, como todas estas cosas, como la historieta, es un instrumento. Si alguien me escucha a mí tocar el piano, dirá que el piano es un instrumento nefasto. Ahora, si lo escucha a Richard Clayderman, por ejemplo, dirán que es un instrumento sublime. Con la televisión pasa lo mismo. Ahora, estoy de acuerdo con que se usa un vocabulario bastante pequeño, y en ese aspecto la lectura te da más posibilidades de expresarte. Para mí la lectura siempre ha sido un placer. Hay muchísima información, e imperceptiblemente uno va ganando una vastedad de lenguaje, y aparte es una compañía formidable. Se puede vivir perfectamente sin leer un libro. Creo que más de las tres cuartas partes de la población mundial jamás ha leído un libro. Pero, entre una cosa y otra, prefiero leerlos.”